LAS LENGUAS DEL MUNDO

 

ESQUEMA

1.        Presentación

2.        Definición de lengua

3.        ¿Cuántas lenguas existen?

4.        Cifras y estadísticas

5.        Familias lingüísticas y clasificación genético-tipológica

6.        Sabires y criollos

7.        Lenguas artificiales

8.        Lenguajes de signos

9.        Clasificación de las lenguas del mundo

10.     Distribución geográfica de las lenguas del mundo

11.     Las 100 principales lenguas del mundo

12.     Bibliografía general

 

 

Presentación

 

Aunque se sabe que el hombre ha utilizado distintas lenguas para comunicarse casi desde el principio de la historia, la falta total de testimonios hace imposible aun hoy en día conocer los orígenes del lenguaje, proceso que quizá ocurrió hace un millón de años. Por lo tanto, los lingüistas únicamente son capaces de estudiar su posterior evolución a partir de un período histórico relativamente reciente. Lo que se obtiene de esta manera es una foto incompleta de la evolución de las lenguas, ya que las primeras muestras escritas hacen referencia a una serie de variantes lingüísticas entre las que se producen semejanzas y diferencias, pero cuyo origen se desconoce. Al igual que en el caso de la especie humana, algunas tendencias de la lingüística moderna se inclinan a creer que todas las lenguas del mundo evolucionaron a partir de una única, aunque esto no pasa de ser una mera suposición que carece de la suficiente base científica para confirmarla.

 

 

Definición de lengua

 

Para poder empezar a estudiar las lenguas del mundo, antes es necesario dar respuesta a una pregunta fundamental: ¿qué es una lengua? Desde un punto de vista cognitivo, una lengua es una manifestación concreta del lenguaje humano, un instrumento vivo de comunicación entre individuos de una misma comunidad lingüística, una forma de expresar el pensamiento consciente, una herramienta para la creación mental e intelectual y una puerta abierta al conocimiento; pero a su vez hablar una lengua supone establecer una identidad personal dentro de un grupo, por lo que en su naturaleza hay un equilibrio dinámico entre el deseo de entender y ser entendido y la necesidad de ser distinto e individual. Desde un punto de vista lingüístico, las lenguas del mundo pueden entenderse como un continuo espacial que en ciertas regiones da lugar a concentraciones más o menos homogéneas y estables de características gramaticales, fonéticas y léxicas llamadas convencionalmente “lenguas” o “idiomas” individuales, que permiten la intercomprensión básica de sus hablantes. Si este fenómeno pudiera reflejarse físicamente en forma de concentraciones luminosas y de color, una fotografía de la Tierra realizada desde un satélite mostraría diversos puntos en el planeta, con mayor o menor luminosidad e intensidad, que sólo en algunas regiones producirían la impresión de formar grandes manchas homogéneas.

 

 

¿Cuántas lenguas existen?

 

La primera interrogante que una persona interesada en la materia plantea a la lingüística es la siguiente: ¿cuántas lenguas se hablan en la actualidad? Es ésta una pregunta complicada de contestar, ya que el desarrollo e interrelación de las diferentes variedades lingüísticas suscita gran cantidad de problemas. Aunque las sociedades modernas tienden a categorizar la realidad mediante clasificaciones y estadísticas, las lenguas se resisten a ser manejadas como elementos individuales por una serie de razones, en muchos casos de carácter lingüístico aunque en otros también por motivos sociopolíticos. Una respuesta muy aproximativa y conservadora a la anterior pregunta es la que establece su número alrededor de cuatro mil, aunque la mayoría de clasificaciones sitúan esta cantidad en las seis mil, sin establecer distinciones demasiado estrictas entre “lengua” y “dialecto”. Las principales dificultades que impiden dar una contestación más precisa a esta cuestión son las siguientes:

 

a) Las lenguas habladas en muchas partes del mundo no se hallan lo suficientemente estudiadas, por lo que no se conoce con precisión su naturaleza. El ejemplo más claro lo constituye Papúa Nueva Guinea, país cuya situación lingüística era prácticamente desconocida hasta hace pocos años, aunque hoy se sabe que en él se hablan unas 850 lenguas distintas, es decir, casi una séptima parte del total mundial.

 

b) Por otro lado, en muchos casos resulta difícil —o sencillamente imposible— decidir si dos variedades lingüísticas son lenguas distintas o simples dialectos de una misma. En ciertas regiones geográficas, a medida que se pasa de una zona a otra las lenguas se fusionan con otras adyacentes y entonces es complicado afirmar con total seguridad cuál es la que se utiliza en un determinado territorio. El hecho de que la distinción entre lenguas y dialectos se halle más claramente establecida en Europa que en otras partes del mundo se debe básicamente a razones de tipo político y social más que lingüístico.

 

c) Un tercer problema que se plantea consiste en delimitar el período histórico en el que una variedad lingüística ha evolucionado lo suficiente como para poder ser considerada una lengua distinta. Es lo que ocurre, por ejemplo, en el caso del latín, del que descienden todas las lenguas románicas (entre ellas el español). En general, las lenguas no nacen y mueren en momentos puntuales como las personas, sino que se producen largos períodos de convivencia y mutua interrelación. A este respecto, se ha propuesto un modelo alternativo de evolución lingüística distinto al genealógico tradicional conocido como “teoría de las ondas”, el cual sostiene que las innovaciones lingüísticas se producen no por derivaciones lineales —del tipo “lengua A evoluciona a lengua B, lengua B evoluciona a lengua C”, etc.— sino como ondas que se propagan a partir de determinados centros, cruzándose a menudo entre sí. Por tanto, las áreas próximas se asemejan más que las áreas separadas, y las diferencias entre las lenguas aumentan con la distancia entre sus respectivos dominios de influencia.

 

d) Una cuarta razón por la que resulta complicado especificar el número total de lenguas habladas es el hecho de que muchas de ellas se hallan en peligro inminente de extinción. Se estima que cada año “mueren” diez lenguas en el mundo, y este proceso de desaparición se acelera con el tiempo. La amenaza más patente que se cierne sobre gran cantidad de lenguas indígenas consiste en su progresiva sustitución por otras de carácter mayoritario e internacional (a cuya cabeza se halla sin duda el inglés). A diferencia de la evolución lingüística, la extinción de una lengua es un proceso abrupto, que coincide con la muerte de su último hablante nativo tras un lento proceso de abandono por parte de su antigua comunidad. De forma parecida a las estrellas cuya luz aún percibimos a pesar de que puedan haber desaparecido ya del universo, es posible que algunas lenguas con un escaso número de hablantes puedan estar desapareciendo en estos mismos instantes.

 

 

Cifras y estadísticas

 

Algunos especialistas estiman que una lengua sólo puede llegar a sobrevivir en el futuro si cuenta con más de cien mil hablantes. Pero si se tiene en cuenta que, de las cerca de seis mil lenguas que existen actualmente, aproximadamente la mitad es hablada por menos de diez mil personas y una cuarta parte por menos de mil, estas previsiones no resultan nada halagüeñas. Según los pronósticos más sombríos, entre el 50% y el 90% de las lenguas habladas actualmente en el planeta desaparecerán en el transcurso de los próximos cien años. El futuro de una variante lingüística en la actualidad no depende únicamente de su número de hablantes, sino de su importancia geográfica, social, cultural, tecnológica y política. Un claro ejemplo lo constituyen lenguas clásicas como el latín y el sánscrito que, pese a ser técnicamente variedades extintas —es decir, sin hablantes nativos—, por su valor histórico-cultural se están intentando recuperar en universidades y emisoras de radio.

 

La desaparición de las lenguas no es un fenómeno nuevo. Si se acepta la tesis genética de las variantes lingüísticas, se estima que al menos treinta mil lenguas nacieron y se extinguieron en diversas épocas históricas, algunas de ellas sin dejar huella. En términos generales, la “longevidad” de las lenguas suele ser relativamente breve; son escasos los idiomas que logran superar los dos mil años de existencia (ejemplos destacados son el griego, el hebreo, el latín, el sánscrito, el chino, el persa... ¡y el euskera!). La disminución de la diversidad lingüística se aceleró considerablemente a raíz de las conquistas coloniales europeas a partir del siglo XVI, tras las cuales desaparecieron alrededor del 15% de las lenguas habladas en esa época. En Brasil, la colonización portuguesa a partir de 1530 supuso la desaparición de unas 540 lenguas indígenas (cerca de las tres cuartas partes del total). Tan sólo en Europa, se han extinguido unas diez lenguas en el curso de los tres últimos siglos, mientras que en Australia no quedan más de veinte de las 250 habladas a finales del siglo XVIII. El nacimiento de los modernos “estados-nación”, cuya unidad territorial estaba estrechamente ligada a su homogeneidad lingüística, fue un factor decisivo para la consolidación de las lenguas adoptadas como nacionales y la marginalización de las demás.

 

De las cerca de seis mil lenguas que se hablan en el mundo, las principales distribuciones geográficas que se pueden precisar con relativa seguridad son las siguientes: más de 1.000 lenguas amerindias habladas en América, cerca de 1.000 lenguas habladas en África, alrededor de 850 en Papúa Nueva Guinea, más de 150 en la India, cerca de 100 en Rusia y varias docenas en China y otros países.

 

Desde el punto de vista estadístico, resulta sorprendente comprobar que más del 95% de la población mundial habla apenas 260 lenguas. Una única lengua, el chino mandarín (o putonghua), es hablada por el 20% del total. Si a ella se suman el inglés, el español, el ruso y el hindí, la proporción sube hasta el 45%. Con la posterior inclusión del alemán, el japonés, el árabe, el bengalí, el portugués, el francés y el italiano se alcanza el 60%. Hay sólo once lenguas en el mundo que superan los cien millones de hablantes: chino mandarín, español, inglés, hindí, árabe, bengalí, portugués, ruso, japonés, urdú, penyabí. En conjunto, estas “macrolenguas” representan el idioma de la mitad de la población mundial y son entendidas por las tres cuartas partes. Otras cincuenta lenguas —de entre diez y cien millones de hablantes— representan el medio de comunicación del 35% de la población del mundo. Alrededor de doscientas lenguas —de entre uno y diez millones de hablantes— son empleadas por el 10%, mientras que únicamente el 5% restante habla algunas de las miles de lenguas que cuentan con menos de un millón de hablantes.

 

 

Familias lingüísticas y clasificación genético-tipológica

 

Es un hecho constatable el que unas lenguas son más parecidas entre sí que otras. Esta intuición, conocida ya desde los comienzos de la civilización europea, fue desarrollada y estudiada en detalle por los lingüistas del siglo XIX, dentro de una corriente filológica conocida como gramática histórica (o gramática comparada). La hipótesis principal sobre la que se trabajaba consistía en la idea de que, allí donde dos o más lenguas compartieran un conjunto de rasgos gramaticales, éstos eran atribuibles a un antepasado común del que todas descendían. De esta forma, se desarrolló un modelo de clasificación genética de las lenguas del mundo basado en su agrupamiento dentro de familias con rasgos comunes, dentro de las cuales había una variedad lingüística originaria (la llamada “lengua madre”) de la que todas las demás descendían, creándose de esta forma un complicado sistema de relaciones genéticas de proximidad y distancia (de forma parecida a los árboles genealógicos dentro de la especie humana).

 

A pesar del carácter intuitivo y comprensible de este modelo taxonómico, en ciertos aspectos es particularmente problemático. Una de las razones más obvias de esto es que la naturaleza de las lenguas y la de las personas es radicalmente distinta: mientras que la vida de los seres humanos puede ser delimitada en el espacio y en el tiempo, no ocurre lo mismo con las entidades lingüísticas. En un estado primitivo, las lenguas genéticamente relacionadas pertenecientes a una misma familia poseen las suficientes similitudes como para ser asociadas sin problemas, ya que derivan de una variedad lingüística común. No obstante, a lo largo de su evolución histórica desarrollan características gramaticales específicas de cada una, con lo que al cabo de los años las diferencias pueden llegar a ser tan grandes que resulte casi imposible afirmar que proceden de una misma lengua, o incluso que pertenezcan a una misma familia. Ante este problema, los lingüistas modernos se dividen en dos tendencias principales a la hora de llevar a cabo una clasificación de las lenguas: por una parte se hallan los “disgregadores”, aquéllos que necesitan la más firme evidencia antes de agrupar varias lenguas dentro de una misma familia genética y tienden a la separación; por otro lado, los “aglutinadores” no tienen problemas para llevar a cabo este tipo de agrupación con tal de que las lenguas cumplan unos criterios mínimos de similitud gramatical.

 

Las clasificaciones estándar de las lenguas del mundo se han llevado a cabo sobre principios básicamente aglutinantes, como forma de evitar la confusión y facilitar una imagen global del mapa lingüístico (aunque sin llegar a la postura extrema de considerar que todas las lenguas del mundo se hallan genéticamente relacionadas). La taxonomía propuesta en este libro desarrolla un esquema generalmente aceptado dentro del campo de la lingüística moderna, basado en criterios de tipo genético y tipológico, en la medida en que las lenguas se agrupan fundamentalmente de acuerdo a su evolución histórica, pero también, en un nivel inferior, se tiene en cuenta su tipología o parecido gramatical. Esta clasificación intenta ser lo más completa posible, agrupando no sólo las lenguas más importantes sino todas aquéllas conocidas (incluso las ya extintas). Por otro lado, ha habido un importante esfuerzo de normalización y estandarización lingüística para adaptar los nombres de estas lenguas a la ortografía del español (siempre que sea posible o recomendable), dado que su denominación habitual, en muchos casos, es la de la lengua originaria o una adaptación al inglés.

 

Como una primera aproximación de carácter altamente “aglutinante”, se puede agrupar las familias de lenguas en torno a dieciocho phyla o macro-troncos lingüísticos generales (el término phyla, cuyo singular es phylum, es un préstamo del campo de la biología). Entre corchetes se incluye el número aproximado de lenguas que abarcan estos phyla:

 

A) Indoeuropeo [287]. Integrado por la familia indoeuropea, que engloba las lenguas habladas en la mayor parte de Europa, ciertas regiones del suroeste asiático y en general todos aquellos territorios del mundo en los que los europeos introdujeron sus variedades lingüísticas. Se estima que la mitad de la población mundial habla lenguas indoeuropeas, presentes en los cinco continentes. Algunas de las más importantes obras literarias de la humanidad se han escrito en lenguas pertenecientes a este phylum (latín, griego, sánscrito, inglés, español…).

 

B) Egeo [8]. Agrupación de carácter geográfico que engloba una serie de lenguas ya desaparecidas habladas por poderosas civilizaciones que habitaron en las islas egeas de Creta y Chipre y en zonas próximas del Mediterráneo, como el eteocretense (y su antepasado el minoico), el eteochipriota y el etrusco.

 

C) Iberocaucásico [61]. Integrado por las familias caucásica y hurrito-urartiana. Algunos especialistas incluyen dentro de este tronco lingüístico distintas lenguas aisladas del área mediterránea y Asia Menor (como el euskera, el ibero, el hurrita y el sumerio), sin relación genética demostrada con las lenguas caucásicas aunque con semejanzas tipológicas.

 

D) Eurásico [98]. Formado por las familias urálica, altaica y japónica, las lenguas paleosiberianas —una agrupación genérica más que una verdadera familia lingüística—, el coreano y el ainú, que se extienden por una amplia región entre Europa oriental y Extremo Oriente. El phylum eurásico es, más que una agrupación lingüística sobre la base de criterios genéticos, una especie de “cajón de sastre” que comprende un grupo heterogéneo de lenguas habladas en Eurasia (Europa oriental y Asia).

 

E) Dravídico [66]. Formado por la familia dravídica, un conjunto de lenguas del sur de la India sin relación genética alguna con el grupo indoiranio de la familia indoeuropea. Es probable que en su momento este phylum ocupara la mayor parte de India y llegara incluso hasta Irán.

 

F) Austroasiático [170]. Formado básicamente por las familias munda y mon-jemer, habladas en el noreste de la Península Índica y el sureste asiático. En el sentido puramente geográfico del término, este phylum englobaría también la familia hmong-mien (que se extiende por el sur de China y el sureste asiático) y cuatro lenguas independientes de Asia central y oriental (nihalí, buruchasquí, kusunda y shompen), que no presentan una relación filogenética demostrada con las anteriores familias munda y mon-jemer.

 

G) Sino-tibetano [481]. Formado por la familia sino-tibetana, macroagrupación lingüística integrada por las ramas china y tibetano-birmana de China y la región suroriental de Asia, dentro de la que destaca el chino mandarín, la lengua del mundo con mayor número de hablantes nativos.

 

H) Áustrico [2.025]. Integrado por las familias tai-kadai (hablada en el sureste de China y en la península de Indochina) y austronesia (formada por lenguas insulares de una inmensa región oceánica que se extiende desde Madagascar hasta la Polinesia).

 

I) Papúa [851]. Grupo formado por una serie de lenguas oceánicas habladas en la isla de Nueva Guinea, sin relación lingüística con la familia austronesia.

 

J) Indopacífico [5]. Agrupación de carácter geográfico más que lingüístico que engloba las familias andamanesa (en el archipiélago indio de Andamán) y tasmania (en la isla homónima del sureste de Australia) que, con excepción de unas pocas lenguas, constituyen variedades lingüísticas ya desaparecidas.

 

K) Australiano [298]. Constituido por las lenguas aborígenes de Australia y unas pocas islas de su costa, la mayoría de las cuales se hallan en inminente peligro de extinción, por su propio devenir histórico y por la política lingüística unificadora del gobierno australiano.

 

L) Esquimal-aleutiano [3]. Familia lingüística independiente hablada en la región ártica que se extiende entre Groenlandia, norte de América y Siberia oriental.

 

M) Afroasiático (camito-semítico, eritraico o lisrámico) [300]. Localizado en la Península Arábiga y mitad norte de África. Algunas de las lenguas que forman este grupo se han hablado desde hace al menos cinco mil años y han producido los más antiguos testimonios escritos de la humanidad.

 

N) Nilo-sahariano [190]. Se extiende por una amplia banda heterogénea que atraviesa el ecuador de África. No todos los lingüistas aceptan la existencia de este phylum, algunas de cuyas agrupaciones lingüísticas se clasifican de forma aislada bajo distintas denominaciones (Nilótico, Chari-Nilo, Nilo-camítico, Macro-sudánico).

 

O) Negro-cordofano (o Níger-Congo) [1.100]. Se extiende por la mitad sur de África, aunque se concentra fundamentalmente en la zona que se localiza entre el Sáhara, Chad y el golfo de Guinea. La principal familia que forma este phylum está integrada por las lenguas bantúes, que se expandieron por un amplio territorio africano desde su foco originario, al sureste de Nigeria, hacia el año 300 a.C.

 

P) Joisano [30]. Constituido por variantes habladas en el extremo meridional de África. Con anterioridad a la expansión de los pueblos bantúes, las lenguas joisanas probablemente ocupaban toda la mitad meridional del continente. Su rasgo más distintivo es la presencia de una serie de sonidos característicos conocidos como clicks, una especie de chasquidos con carácter fonológico.

 

Q) Amerindio [1.000]. Engloba todas las lenguas nativas de América salvo las familias aleutiano-esquimal (en el extremo septentrional del continente) y atabascana (Canadá y Estados Unidos). Se estima que llegaron a hablarse en su momento hasta tres mil lenguas amerindias, aunque en los próximos años apenas doscientas sobrevivirán. Este phylum se divide en cuatro grandes grupos geográficos de clasificación: lenguas de América del Norte, lenguas de México y Guatemala, lenguas de América Central y lenguas de América del Sur.

 

R) Na-dené [30]. Compuesto por la familia atabascana (hablada en territorios de Alaska y Canadá, así como en Nuevo México, Colorado y Arizona) y tres lenguas independientes de Alaska. El navajo, la lengua indígena de América del Norte con mayor número de hablantes, pertenece a este phylum.

 

Por otra parte, existe una serie de lenguas aisladas e independientes cuya filiación a alguno de los grupos lingüísticos anteriores es poco segura o inexistente (véase más abajo la clasificación completa de las lenguas del mundo).

 

 

Sabires y criollos

 

Además de las anteriores variantes lingüísticas que podríamos denominar naturales o “puras”, hay que hacer mención a una serie de lenguas “mixtas” conocidas como sabires y criollos.

 

Los sabires son lenguas auxiliares o secundarias que surgen del contacto entre dos o más idiomas distintos (normalmente una lengua indoeuropea y otra indígena de América, Asia, África u Oceanía) y que sirven para establecer una primera comunicación básica entre personas que no poseen un habla común en situaciones muy específicas. Su origen se remonta a los primeros contactos entre los colonos europeos y los habitantes nativos de los territorios que ocuparon, con los que se hizo necesaria una primera toma de contacto que facilitara el comercio entre ambas partes. En el ámbito hispánico, las lenguas sabires reciben su denominación de la primera variante lingüística de intercambio comercial, basada en el latín y enriquecida con elementos de diversas lenguas románicas, que se empleó en toda la cuenca del Mediterráneo entre los siglos XIV y XIX. Dentro de la tradición anglosajona se conocen como lenguas pidgin, por motivos similares de comercio en la región asiática del Pacífico (de hecho, pidgin fue una deformación local de la palabra inglesa business).

 

Un sabir se caracteriza por poseer una gramática básica y un vocabulario extremadamente reducido (generalmente entre 700 y 1.500 palabras), compuesto fundamentalmente por términos del inglés, el francés, el español o el portugués a los que se han añadido algunas palabras indígenas. En algunos casos, no obstante, se trata meramente de una forma simplificada de una lengua local (a menudo con préstamos de otra). Los sabires no poseen hablantes nativos, puesto que por su misma naturaleza se trata siempre de variantes lingüísticas utilizadas además de la lengua materna de cada uno.

 

Los criollos son antiguos sabires que, tras un cierto período de coexistencia, han dejado de ser meras formas de comunicación auxiliares para convertirse en lenguas maternas de un grupo de hablantes (en un proceso conocido como criollización). Como tales, las variantes criollas han ampliado su vocabulario con respecto a los sabires para adaptarlo a las necesidades diarias de sus hablantes. Las lenguas criollas no suelen representarse gráficamente mediante la escritura, aunque por lo demás poseen las mismas características formales que las lenguas naturales. Tras un posterior estado evolutivo, el desarrollo social y educativo puede hacer que una lengua criolla se relacione más estrechamente con el idioma europeo del que adopta su vocabulario básico. En esta situación, la primera puede tender a aproximarse progresivamente a la lengua estándar, lo que da lugar al llamado continuo post-criollo, formado por una escala de variedades de habla que van desde la forma criolla original (basilecto), pasando por una etapa intermedia (mesolecto), hasta llegar a una variante que puede considerarse casi como un dialecto de la lengua europea. Un claro ejemplo de continuo post-criollo lo representa el inglés jamaicano.

 

Aparte de los sabires y criollos que se enumeran en la clasificación de las lenguas del mundo (véase más abajo), hay un grupo de ellos, minoritarios o ya desaparecidos, que merecen mencionarse:

 

delaware: sabir basado en el unami, lengua amerindia de la familia algonquina. Se habló probablemente en época precolombina en Delaware, Pennsylvania y Nueva York.

 

halbdeutsch: criollo que sirvió como lengua de contacto entre los habitantes de la costa báltica y los germanos que conquistaron esta región a finales de la Edad Media.

 

lingua franca (o propiamente sabir): sabir basado en el español y el provenzal que se habló en el Mediterráneo desde la época de las Cruzadas hasta finales del siglo XIX.

 

língua geral: criollo derivado del tupí que se empleó como lengua de intercambio comercial y cultural en Brasil entre los siglos XVI y XVIII.

 

tshinuk wawa: antiguo sabir basado en el chinook (o chinuco), lengua amerindia de la familia penutia hablada en Oregón.

 

zurikoa (souriquois): sabir basado en el euskera usado entre los siglos XVI y XVII desde la costa de Nueva Inglaterra hasta Islandia. Su existencia se debe a la presencia de balleneros y pescadores vascos, que fueron los primeros en explotar esta zona marítima.

 

 

Lenguas artificiales

 

El hombre siempre ha soñado con crear una sola forma de comunicación lingüística que pudiera ser utilizada por todos los hablantes del mundo y acabara de esta forma con la maldición de la “Torre de Babel”. El proceso de homogeneización lingüística que se extendió por todo el mundo a partir del siglo XVI, con la creación de los modernos estados, se aceleró a finales del siglo XIX con la industrialización y el progreso científico. La diversidad lingüística se consideró entonces un obstáculo para la difusión del saber, y el monolingüismo se convirtió en un ideal. Surgió entonces la idea de una “lengua universal” (se pensó incluso en volver al latín), lo que dio lugar a una proliferación de idiomas inventados. El término lengua artificial se refiere a este tipo de variante lingüística que, por oposición al resto de lenguas naturales, ha sido inventada para poder ser utilizada como medio de comunicación universal. Entre sus precursores se hallan los españoles Ramón Llull (1233-1315) y Pedro Bermudo (siglo XVII).

 

No obstante, el primer intento serio de creación de una lengua artificial lo constituye el volapük, que J. M. Schleyer introdujo en 1880 utilizando diversos elementos de las lenguas modernas (básicamente de raíz germánica). Debido a que se trataba de una variante difícil de aprender, en 1887 el oculista polaco L. L. Zamenhof creó el esperanto (literalmente ‘el que espera’), caracterizado por una gramática más simplificada y un vocabulario de construcción lógica. El esperanto ilusionó enormemente a la comunidad científica, que por primera vez creyó haber encontrado una lengua universal, y ello se tradujo en un incremento en su número de hablantes y el desarrollo de una amplia producción literaria (de hecho, muchas de las obras maestras de la literatura universal han sido traducidas al esperanto). Posteriores intentos por mejorar o reformar esta lengua resultaron infructuosos, por lo que hoy en día el esperanto conserva básicamente la forma original que propuso Zamenhof. Ya en el siglo XX surgieron otras dos lenguas artificiales, occidental e interlingua (de base románica), aunque más restringidas a un ámbito científico y técnico. Otros intentos de carácter más minoritario han sido el ido, el novial, el gloro y el iala.

 

La principal ventaja que poseen las lenguas artificiales con respecto a las naturales radica en su simplicidad y en la ausencia de formas irregulares en su sistema gramatical. Sin embargo, sus más notables desventajas son la ausencia de hablantes nativos y la falta de prestigio como medio de comunicación en los distintos países, lo que las ha condenado al ostracismo durante los últimos años. Hoy en día, la amplia difusión del inglés por todo el mundo hace pensar que es este idioma, más que ninguna otra lengua artificial, el candidato número uno para convertirse en un futuro próximo en la ansiada forma de comunicación universal.

 

 

Lenguajes de signos

 

Un tipo especial de lenguas son los lenguajes de signos, creaciones relativamente recientes —se remontan a los siglos XVIII y XIX— destinadas al aprendizaje de los sordos. La característica principal de estas formas de comunicación es la ausencia de sonidos y su falta de correspondencia con las lenguas habladas (por ejemplo, el lenguaje de signos americano resulta ininteligible para los usuarios del lenguaje de signos británico).

 

 

Clasificación de las lenguas del mundo

 

[Véase clasificación]

 

Distribución geográfica de las lenguas del mundo

 

Otra posible taxonomía, de carácter más territorial que genético, es la que reparte las anteriores familias lingüísticas entre los cinco continentes. La utilidad de este esquema radica en un acceso más sencillo e intuitivo a las distintas lenguas individuales que se hablan en la actualidad, a partir de un esquema clasificatorio más familiar para los no lingüistas. Como puede verse a continuación, la división lingüística y la geográfica no siempre coinciden, puesto que es frecuente el caso de lenguas que se extienden por territorios alejados (incluso pertenecientes a diferentes continentes) entre los que no parece haber ningún nexo. La principal causa de esto hay que buscarla en los movimientos migratorios que a lo largo de la historia han llevado las lenguas desde su lugar de origen hasta regiones distantes, con los consiguientes procesos de desgaste, cambio y desaparición. Por esta razón se tiene en cuenta únicamente las variantes lingüísticas originarias de cada territorio, sin considerar las distintas lenguas, en su mayoría europeas, que fueron posteriormente implantadas (tal es el caso, por ejemplo, del inglés, el español, el francés y el portugués en el continente americano).

 

Europa

La amplia mayoría de las lenguas que se hablan en el continente europeo (entendido, en el sentido más cultural y geográfico del término, como el extenso territorio al oeste de los Montes Urales y al norte del Tauro Armenio) pertenecen a las familias indoeuropea, urálica, altaica y caucásica. De entre las pocas lenguas que no figuran en estos grupos lingüísticos destacan por su importancia el euskera (lengua independiente) y el maltés (lengua semítica de la familia afroasiática). En Groenlandia se habla el groenlandés, que es un dialecto del esquimal (lengua perteneciente a la familia aleutiano-esquimal).

 

Asia

El continente asiático está representado por las lenguas pertenecientes a las familias indoeuropea y altaica que no se hablan en Europa (grupos indoiranio, mongólico y tungúsico), además de las familias paleosiberiana, dravídica, munda, mon-jemer, tai-kadai, hmong-mien, sinotibetana y taiwanesa. Por otro lado, también incluye las lenguas semíticas de la familia afroasiática que se hablan en la Península Arábiga (árabe meridional, hebreo, siríaco y asirio), así como las pertenecientes a la familia malayo-polinesia que se hablan en Malasia, Indonesia y Filipinas (malayo, indonesio, javanés, sundanés, madurés, minancabáu, achenés, toba, buginés, balinés, tagalo, cebuano, hiligainón, ilocano, bicolano, waray-waray, kapampangan y pangasinense, entre otras). También se hablan en el continente asiático las siguientes lenguas individuales de importancia: coreano, ainú, japonés, ryukyuense, nihalí y buruchasquí. En Siberia se emplea el esquimal, que pertenece a la familia aleutiano-esquimal.

 

Oceanía

En este continente se hablan las lenguas de la familias malayo-polinesia (salvo las anteriormente mencionadas que se hablan en Asia), papúa y australiana.

 

África

Engloba las familias lingüísticas negro-africana, cordofana, macro-sudánica, sahariana, mabana, comana y joisana, así como la mayoría de las lenguas de la familia afroasiática (salvo el árabe meridional, el hebreo, el siríaco y el asirio, que se hablan en Asia). Dos casos excepcionales son el malgache y el afrikaans: el primero es uno de los idiomas oficiales de Madagascar, aunque lingüísticamente pertenece a la familia malayo-polinesia (más en concreto, se cree que está emparentado con el grupo de lenguas que se hablan en Indonesia). Por otro lado, se puede considerar que el afrikaans (lengua indoeuropea del grupo germánico) es una variante originaria de África, ya que, a pesar de derivar genéticamente del neerlandés que los colonos holandeses introdujeron en Sudáfrica, ha absorbido tantos elementos indígenas con el paso del tiempo que se ha convertido en una lengua básicamente distinta a la europea. Por lo que respecta a las variantes lingüísticas independientes, las más importantes son songái, cherma y fora.

 

América

La mayoría de las lenguas indígenas del continente americano se agrupan en familias lingüísticas dispersas que en conjunto se engloban dentro del tronco amerindio, mientras que un pequeño grupo de lenguas habladas en la región más septentrional, pertenecientes al tronco na-dené, no presentan relación alguna con las anteriores (véase la clasificación genética anterior). En Alaska y en Canadá se habla el esquimal, mientras que en el territorio estadounidense de las Islas Aleutianas se emplea el aleuta; ambas lenguas se engloban dentro de la familia aleutiano-esquimal.

 

 

Las cien principales lenguas del mundo

 

[Véase Top 100]

 

 

Bibliografía general

 

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