ESPAÑOL

 

FICHA TÉCNICA

Nombre original

español [espa'ɲol] / castellano [kaste'ʎano]

Nombre español

español [espa'ɲol]

Nombre inglés

Spanish ['spænɪʃ]

Filiación lingüística

familia indoeuropea > grupo románico > rama occidental > subgrupo iberorrománico

Hablado en

Españaº¹, Méxicoº¹, Colombiaº¹, Argentinaº¹, Perúº¹, Venezuelaº¹, Chileº¹, Ecuadorº¹, Guatemalaº¹, Cubaº¹, República Dominicanaº¹, Boliviaº¹, Hondurasº¹, El Salvadorº¹, Paraguayº¹, Nicaraguaº¹, Puerto Ricoº¹, Costa Ricaº¹, Uruguayº¹, Panamẹ, Guinea Ecuatorialº¹, Estados Unidos¹, República Árabe Saharaui Democrática¹

Número de hablantes

407.000.000 (2010)

Dialectos principales

español peninsular, español americano, judeoespañol

Sistema de escritura

alfabeto latino

Documentado desde

s. X

Tipología sintáctica

S-V-O

° idioma nacional        ¹ idioma oficial        + dialecto        # idioma minoritario.

 

ESQUEMA

1.        Introducción

2.        Evolución histórica

3.        Ortografía y pronunciación

4.        Morfología

5.        Sintaxis

6.        Texto ilustrativo

 

 

Introducción

 

El español (también llamado castellano) pertenece a la rama occidental, subgrupo iberorrománico, de las lenguas románicas, subclase dentro de la familia indoeuropea. Se trata, con mucho, del idioma romance más extendido (por delante del portugués y el francés), con más de 400 millones de hablantes nativos en España y en el amplio territorio americano que se extiende desde Méjico hasta Tierra del Fuego. El español es la segunda lengua más hablada en el mundo por número de personas que lo tienen como idioma materno (por detrás del chino mandarín), y si además se tienen en cuenta a todas aquéllas que lo usan como segunda lengua de comunicación o lo estudian como idioma extranjero, la cifra total de hablantes supera los 500 millones. La importancia sociopolítica y cultural del español se manifiesta además en el hecho de ser uno de los seis idiomas oficiales de la ONU y estar presente en numerosas organizaciones internacionales. En resumen, se puede considerar el español como una de las lenguas con mayor proyección de futuro, no sólo por el progresivo crecimiento demográfico de los países en los que se habla como lengua materna, sino por su importancia socioeconómica en el contexto mundial, que lo ha llevado a convertirse en el segundo idioma extranjero más estudiado por detrás del inglés.

 

El español constituye la lengua nacional de carácter oficial en los siguientes países (ordenados por número de hablantes nativos): Méjico, España, Colombia, Argentina, Perú, Venezuela, Chile, Ecuador, Guatemala, Cuba, República Dominicana, Bolivia, Honduras, El Salvador, Paraguay, Nicaragua, Puerto Rico, Costa Rica, Uruguay, Panamá y Guinea Ecuatorial. En algunos de ellos se hablan también otras lenguas locales (algunas de las cuales poseen igualmente carácter oficial), aunque en la mayoría de los casos se trata de una situación de bilingüismo en la que el español posee el mayor peso específico. Por otro lado, existen importantes comunidades de hispanohablantes en Estados Unidos (en donde el español es lengua co-oficial junto con el inglés en algunos estados como Nuevo México), Filipinas, Australia, Marruecos, Sáhara Occidental, Belice, etc.

 

Por cuestiones sociopolíticas más que lingüísticas o históricas, es frecuente utilizar el término “castellano” para referirse a la lengua española, aunque técnicamente hablando sea una denominación imprecisa (al igual que lo sería llamar “anglosajón” al inglés moderno): la lengua románica que surgió en la Península Ibérica, cuyo dialecto estándar fue la variedad hablada en Castilla (el castellano propiamente dicho) se expandió posteriormente por todo el estado español y se internacionalizó al llegar al continente americano, momento a partir del cual perdió definitivamente su carácter local de “castellano” y comenzó a denominarse “español” por derecho propio.

 

En la actualidad puede hablarse de dos dialectos principales de español: peninsular en España y americano en Hispanoamérica. Los rasgos más sobresalientes que caracterizan al primero de ellos son el sonido [θ] para la grafía z (o c delante de e, i) y una tendencia general hacia el leísmo (empleo de le por lo como pronombre personal en caso acusativo). El español americano, hablado por el 90 por ciento del total, favorece el seseo (o pronunciación de las anteriores letras como [s]) y el empleo de ustedes como pronombre personal de segunda persona plural (y en menor medida vos como singular). Al igual que ocurre en el caso del inglés, se producen diferencias en el vocabulario a ambos lados del océano (p. ej., en España se utiliza patata, melocotón, coche o sello, mientras que en América sus correlatos son papa, durazno, carro y estampilla). En ciertas zonas de bilingüismo (especialmente en los estados de Norteamérica con inmigrantes hispanos), el contacto entre el inglés y el español ha dado lugar a calcos léxicos y semánticos de dudosa aceptación; algunos de ellos son aplicación ‘application’ en lugar de solicitud, soda de hornear ‘baking soda’ en lugar de bicarbonato sódico y llamar pa’trás ‘to call back’ en lugar de llamar más tarde (todos ellos escuchados en el estado de Florida en boca de personas de cultura media e incluso en la televisión).

 

En España, al igual que en el resto de países hispanohablantes, el español posee varios dialectos locales. Los más importantes y reconocidos tradicionalmente ―en función sobre todo de criterios históricos― son el castellano, el aragonés, el leonés, el asturiano (o bable) y el andaluz (que comparte algunos rasgos con el español americano, como el seseo). Otros dialectos menores son el extremeño, el murciano y el canario. El judeoespañol (o ladino) es una variante del español hablado por las comunidades de judíos sefardíes que fueron expulsados de España a finales del siglo XV, y que se hallan repartidos por territorios de Asia Menor, los Balcanes y el norte de África, al igual que en ciudades como Nueva York y Buenos Aires. Se trata de una lengua bastante arcaica, ya que ha conservado prácticamente inalterados los rasgos gramaticales del español clásico. Su futuro es muy incierto, ya que su empleo se reduce casi exclusivamente a los ámbitos familiares (a pesar de algunos intentos por editar revistas y periódicos en judeoespañol en países como Israel). Se estima que su número total de hablantes ronda los 267.500.

 

CRIOLLOS ESPAÑOLES

Los intercambios comerciales y culturales del español durante el periodo colonial dieron lugar a diversos criollos o lenguas mixtas de contacto, en las que se mezclan elementos gramaticales españoles con otros de los idiomas nativos. Tras un proceso de criollización a partir del estadio inicial como lenguas francas o sabires (pidgin), estas variedades de contacto desarrollaron su propio sistema gramatical, reducido y simplificado con respecto al del castellano. Los principales criollos españoles son los siguientes (entre paréntesis, lengua de contacto, territorio en el que se emplea y número aproximado de hablantes a fecha de 2010):

 

chabacano (cebuano, filipino / Filipinas, Malasia / 930.000). Criollo de español y lenguas filipinas locales (fundamentalmente el cebuano y el tagalo) hablado en la península de Zamboanga (situada en el oeste de la isla filipina de Mindanao), así como en diversas islas del archipiélago de Joló (que se extiende entre esta isla y el estado malayo de Sabah, en el noreste de Borneo) y en el sur de la isla de Luzón (Cavite). Se distinguen varios dialectos regionales de esta lengua: en Luzón (en donde el tagalo es la lengua de sustrato), caviteño (Cavite), ermiteño (variedad extinta hablada antiguamente en Ermita, ciudad situada en el área metropolitana de Manila) y ternateño (Ternate); en Mindanao (basados en el cebuano), castellano abakay (en Davao, con un sustrato adicional chino y japonés), cotabateño (Cotabato) y zamboangueño (Zamboanga, isla de Basilan y Sabah). Su propio nombre, “chabacano”, hace referencia a su carácter vulgar, como lengua mixta impura. Su léxico está formado en un 60 por ciento por palabras españolas y en un 40 por ciento por términos procedentes de lenguas filipinas locales. La tipología sintáctica del chabacano se ha adaptado al orden Verbo-Sujeto-Objeto de estas últimas (ej.: ya mirá yo con José ‘vi a José’).

palenquero (lenguas bantúes, portugués / Colombia / 3.500). Criollo español hablado en la villa colombiana de San Basilio de Palenque (al sureste de Cartagena de Indias) por descendientes de cimarrones (esclavos africanos libres) desde finales del siglo XVI. El palenquero tiene como lenguas de sustrato diversos idiomas bantúes de África (como el kikongo y el kimbundu), así como el portugués (lengua de los negreros que comerciaban con esclavos africanos).

yopará (guaraní / Paraguay / 2.500.000). Variedad coloquial hablada por más de la mitad de la población rural de Paraguay, resultante de la fusión histórica entre el español y el guaraní (en esta última lengua, el término jopara significa precisamente ‘mezcla’), de forma que emplea palabras del primero adaptadas a la estructura gramatical y prosódica del segundo. En la actualidad, en la conciencia lingüística de los hablantes de guaraní, el yopará se considera simplemente un dialecto coloquial de esta lengua amerindia con numerosas palabras del español.

 

El principal organismo regulador del español es la Academia de la Lengua, que se halla presente en casi todos los países de habla hispana. La primera que se fundó fue la española (1713), a la que siguieron la colombiana (1871), ecuatoriana (1874), mejicana (1875), salvadoreña (1876), venezolana (1883), chilena (1885), peruana (1887), guatemalteca (1887), costarricense (1923), filipina (1924), panameña (1926), cubana (1926), paraguaya (1927), dominicana (1927), boliviana (1927), nicaragüense (1928), argentina (1931), uruguaya (1943), hondureña (1949), puertorriqueña (1955) y norteamericana (1973). La autoridad que ejercen estas academias es normativa (aunque nunca impositiva), y periódicamente se reúnen para discutir diferentes aspectos de normalización lingüística. A diferencia de su homóloga francesa, están integradas en su mayor parte por filólogos y lingüistas, lo que otorga a sus decisiones un alto grado de respeto por parte de los hablantes.

 

 

Evolución histórica

 

Las lenguas prerrománicas y la romanización

En el comienzo de su historia, la Península Ibérica estaba habitada por una serie de pueblos, entre ellos los iberos, los tartesios, los lusitanos, los celtíberos y los vascos. Más tarde, los fenicios se asentaron en las costas meridionales, fundando varias ciudades: Gádir (Cádiz), Málaka (Malaga), Abdera (Adra), etc. Los cartagineses, aliados suyos, reafirmaron esta influencia mediterránea (testimoniada en ciudades como Cartagena y Mahón), mientras que los griegos extendieron su dominio por el Levante y Cataluña: Lucentum (Alicante), Rhode (Rosas), Emporion (Ampurias). Precisamente en esta última ciudad desembarcaron los romanos en el año 218 a.C., dentro del marco de la 2ª Guerra Púnica que los enfrentaba a los cartagineses. Tras mantener una serie de luchas con los pobladores de la Península, los romanos terminan por someterlos en el año 19 a.C. Durante todo este tiempo tuvo lugar un proceso conocido como romanización, que básicamente consistió en la introducción de la lengua y la cultura latinas a través de los legionarios y colonos que desembarcaron en Hispania. El latín que empezó a usarse con profusión no era el latín clásico que se utilizaba en la literatura, sino el llamado latín vulgar, la modalidad hablada de la lengua, que presentaba algunas diferencias importantes con respecto al primero. Durante varios siglos hubo un período de bilingüismo entre este latín vulgar y las lenguas prerrománicas, hasta que finalmente éstas desaparecieron, aunque no sin antes dejar su huella en el léxico común (palabras como vega, barranco, colmena, estancar, páramo, camisa, cerveza, carro, pizarra, izquierdo, Segovia, Hispania, etc. pertenecen a esta época).

 

El latín en Hispania

La romanización de la Península Ibérica fue completa, lo cual no sólo se muestra en la floración de autores latinos (Séneca, Marcial, Columela, Lucano) y en la existencia de grandes focos de latinidad (Hispalis, Corduba, Emerita, Tarraco), sino muy especialmente en el hecho de ser el latín vulgar la única lengua empleada hasta en los escritos más humildes. El tránsito de esta lengua itálica a los primitivos romances peninsulares fue prácticamente imperceptible, aunque por los documentos conservados puede hablarse de latín propiamente dicho hasta el año 600 a.C. y de distintos dialectos románicos desde el 800.

 

Al igual que en el resto de la Romania, las diez vocales originales del latín clásico se redujeron a siete en el latín vulgar hablado en la Península: [i], [e], [ɛ], [a], [ɔ], [o], [u]. Más tarde, las vocales abiertas [ɛ] y [ɔ] diptongaron por lo general en el primitivo castellano en [ie] y [ue] dentro de sílaba tónica (ej.: terra > tierra; porta > puerta), algo que no se produjo en una lengua vecina como el portugués, que mantuvo inalteradas las vocales del latín.

 

La época visigoda

La dominación romana en Hispania llega a su conclusión en el año 409, cuando un grupo de pueblos germánicos (visigodos, vándalos, suevos y alanos) invaden la Península. Durante varios años se produce una convivencia entre estos invasores nórdicos (especialmente los visigodos) y la población hispanorrománica, lo que se refleja en la introducción en la lengua de germanismos como burgo, guerra, espía, guardián, aspa, rueca, Fernando, Rodrigo, Castrogeriz, etc. No obstante, los visigodos abandonaron pronto su lengua gótica y se asimilaron a las costumbres y la lengua románica de la Península.

 

La invasión árabe y los primitivos dialectos peninsulares

A partir del año 711, unos nuevos invasores vienen a incrementar el crisol cultural en el que se había convertido Iberia: los musulmanes (especialmente árabes, sirios y beréberes). No sólo trajeron conflictos bélicos, sino una cultura mucho más avanzada que ayudó en gran medida al desarrollo de la Península. Tras el latino, el componente léxico arábigo ha sido el más importante a la hora de configurar el actual vocabulario del español (en el que existen unos cuatro mil términos de procedencia árabe), gracias a la introducción de palabras como adalid, atalaya, alférez, acequia, alberca, alcachofa, noria, marfil, azufre, arancel, tarea y otras.

 

Durante los siete siglos que duró la ocupación musulmana en España, la población cristiana se agrupó en la mitad norte de la Península en diversos reinos con escaso contacto entre sí. Esto hace que en ellos se desarrollen diversos romances con marcadas diferencias lingüísticas (gallego-portugués, astur-leonés, castellano, navarro-aragonés, catalán), que en un principio quedan reservados al ámbito oral, ya que el latín seguía siendo la única lengua de cultura, empleada en la redacción de documentos escritos. El gallego-portugués constituía durante esta época una única lengua, portadora de una gran tradición literaria (cuyo máximo exponente son las cantigas), aunque con el paso del tiempo el foco lingüístico se fue desplazando hacia la emergente nación de Portugal y el gallego quedó como un dialecto local del portugués, aunque enormenente influido por el español. Por otro lado, el catalán siempre estuvo más cerca de los dialectos occitanos del sur de Francia que del resto de lenguas románicas peninsulares, por lo que evolucionó de forma distinta a éstas. En la mitad sur del país (llamada entonces Al-Andalus) la lengua de la administración y la cultura fue el árabe, aunque la población hispánica desarrolló una serie de dialectos mozárabes que, aislados del resto de romances y cohibidos por la preeminencia del árabe, tuvieron una lenta evolución.

 

No fue hasta el siglo X cuando surgen los primeros testimonios de un romance peninsular al que cabe considerar como el germen de la lengua española: se trata de las Glosas Emilianenses, anotaciones marginales a unos textos litúrgicos latinos que el escriba insertó para facilitar la comprensión de la lectura. El dialecto peninsular en el que están escritas es el navarro-aragonés.

 

Auge del castellano

De entre todos los dialectos romances de la Península, el castellano (que empezó a desarrollarse en Cantabria) se convirtió pronto en la modalidad más evolucionada, producto de la estratégica situación del reino de Castilla como vértice en el que confluían las diversas tendencias lingüísticas del habla peninsular, lo que hizo que asimilara rápidamente las principales innovaciones procedentes de las regiones vecinas. Por ejemplo, con el este practicó las asimilaciones fonéticas AI > E (ej.: carraira > carrera), AU > O (ej.: aurum > oro) y MB > M (ej.: palumba > paloma); con el noroeste palatalizó la L de los grupos iniciales PL-, CL- y FL-, aunque después siguió una evolución distinta, suprimiendo la primera consonante (ej.: planu > llano, clave > llave, flama > llama); al igual que el resto de dialectos románicos centrales, diptongó los sonidos abiertos [ɛ] y [ɔ] en IE y UE, respectivamente (ej.: septem > siete, foco > fuego). Como innovaciones particulares, el castellano transformó la F- inicial latina en el sonido aspirado [h] y más tarde la suprimió por completo (ej.: forno > horno), y también eliminó la G- y J- iniciales delante de vocal palatal átona (ej.: ianuarius > enero, germanus > hermano).

 

Fue precisamente el castellano la lengua que los cristianos extendieron por toda la Península durante la Reconquista, proceso durante el cual los dialectos mozárabes fueron suprimidos progresivamente. Con la toma de Toledo en 1085 desapareció uno de los principales centros de mozarabismo. A partir del siglo XII la Reconquista progresa considerablemente, hasta que en el XIII los árabes quedan reducidos al reino de Granada. A este período pertenece la obra maestra de la literatura épica castellana, el anónimo Cantar de mio Cid, que tras circular oralmente en boca de juglares fue refundido por escrito hacia 1140. En el aspecto léxico, el gran desarrollo de las cortes francesas supuso la entrada en el castellano de numerosos galicismos y occitanismos (ligero, doncel, linaje, mensaje, trovar, español, etc.). Esta etapa primitiva del castellano es lo que se conoce como español medieval (o español antiguo).

 

Hasta el siglo XVI, el castellano distinguió una serie de fonemas que posteriormente se asimilaron al sistema fonológico general o desaparecieron por completo. Se trata de los fricativos /ʃ/ (como en baxo ‘bajo’) y /ʒ/ (como en muger ‘mujer’) y los africados /ts/ (como en braço ‘brazo’) y /dz/ (como en fazer ‘hacer’). La letra s representaba el fonema ápico-alveolar sordo /s/ en posición inicial de palabra o en posición media tras consonante (como en señor, pensar), al igual que el grupo ss entre vocales (como en amasse), mientras que la s intervocálica transcribía su correlato sonoro /z/ (como en rosa). Existía igualmente una distinción entre el fonema bilabial /b/, escrito como b (cabeça), y el labiodental /v/, escrito con v o u (cavallo / cauallo, aver / auer). El sonido aspirado [h] era un simple alófono de /f/, por lo que era posible encontrar formas como fijo o hijo.

 

La primera normalización ortográfica de importancia del castellano tuvo lugar durante el reinado de Alfonso X el Sabio (1252-1284), que supervisó personalmente una intensa actividad científica y literaria. Su gran producción en prosa favoreció extraordinariamente la propagación del castellano por todo el reino, elevándolo al rango de lengua oficial en los documentos reales en detrimento del latín. Durante el siglo XIV, el castellano liquida algunas de sus más importantes vacilaciones, desecha anteriores prejuicios respecto a fenómenos fonéticos dialectales y camina con paso firme hacia su normalización. Con la llegada del Humanismo y el Renacimiento en los siglos XV y XVI, el idioma recibe gran cantidad de influencias lingüísticas por parte de las lenguas clásicas: latín y griego.

 

La lengua de Castilla comienza a confundir los sonidos [b] y [v] del español medieval y deja de pronunciar la aspirada [h]. Por otro lado, se produce en el habla el ensordecimiento de las consonantes sonoras [dz], [z] y [ʒ], que se empiezan a confundir con sus correlatos sordos [ts], [s] y [ʃ], con las consiguientes vacilaciones ortográficas entre Z/C/Ç, -S-/-SS- y G/J/X. La Gramática de la lengua castellana (1492), de Antonio de Nebrija, constituye el primer estudio detallado de la lengua hablada en España y uno de los primeros entre las lenguas vernáculas europeas. La doctrina estilística de la época se encierra en la conocida frase de Juan de Valdés (1499-1541): “el estilo que tengo me es natural y sin afectación ninguna escrivo como hablo; solamente tengo cuidado de usar de vocablos que sinifiquen bien lo que quiero dezir, y dígolo quanto más llanamente me es possible, porque a mi parecer, en ninguna lengua stá bien el afetación”.

 

Del castellano al español

Elevada por los Reyes Católicos al rango de gran potencia mundial, España se lanza con Carlos V a la conquista de Europa y del Nuevo Mundo. Es entonces cuando el nombre de lengua española (o español) tiene absoluta justificación, ya que el castellano dejó de ser simplemente la lengua local de Castilla para convertirse en el idioma unificador de la recién creada nación española, y ser de esta forma la variante lingüística que los colonizadores introdujeron en América. Como resultado de estos contactos comerciales, pasaron a la lengua americanismos como maíz, patata, tabaco, huracán, tiburón, chocolate, etc. La lengua que se desarrolla a partir del siglo XVI puede llamarse ya propiamente español clásico, que alcanza su máxima expresión literaria de la mano de autores consagrados como Cervantes, Lope de Vega, Quevedo y Góngora.

 

Como ya se dijo anteriormente, el fonema fricativo palatal sonoro [ʒ] empezó a confundirse con su correlato sordo [ʃ], que en el siglo XVII se transformó en el sonido velar [x] del español moderno (obsérvese los casos de bajo y mujer, resultantes de dos fonemas distintos en español medieval). En Andalucía occidental se consolidó la fusión de los fonemas fricativos alveolares /s/, /z/ (representados mediante S y SS) con sus correlatos africados /ts/, /dz/ (representados mediante C, Ç y Z), que posteriormente adelantaron su articulación para dar lugar a un único fonema dental con dos variantes articulatorias fundamentales: una dental [s] (origen del fenómeno conocido como seseo) y una interdental [θ] (origen del ceceo). La puntillosidad de los hablantes españoles del siglo XVI relegó el pronombre personal a la intimidad familiar o al trato con inferiores, y desvalorizó tanto su correlato formal vos que, de no mediar gran confianza, resultaba descortés emplearlo con quien no fuera inferior. Para el resto de casos se empleaban las fórmulas vuesa merced (de cuya reducción resultó el pronombre usted), vuestra señoría (origen de usía) o vuestra excelencia (origen de vuecencia). De esta forma, en el siglo XVII se alcanzó el actual estado de la lengua en cuanto a este fenómeno pragmático: es el pronombre de confianza y usted el de respeto. Este mismo uso es el que se trasplantó en América, aunque en Argentina, Uruguay, Paraguay y América Central fue sustituido por vos, mientras que en Panamá, Chile, Colombia, Venezuela, Ecuador, Perú y Bolivia estos dos pronombres alternan.

 

Español contemporáneo

A partir del siglo XVIII, la lengua adopta progresivamente su actual forma, y entra en la etapa histórica que se conoce como español contemporáneo. Un hecho fundamental fue la creación de la Real Academia de la Lengua en 1713, en cuyo Diccionario de autoridades (1726-39) se establecen las reglas ortográficas principales del español moderno: 1) la letra U se emplea únicamente como vocal, y V como consonante (eliminando así anteriores grafías como vno o cauallo); 2) se suprime la grafía Ç y se distribuye el uso de C y Z según el esquema actual; 3) se siguen criterios etimológicos en el empleo de B y V (cuya pronunciación se había confundido por completo), reservando la primera para los casos en los que en su étimo latino existiera una B o una P, y la segunda cuando hubiera una V; 4) se suprime la distinción entre las grafías -SS- y -S-, generalizando esta última; 5) se reserva la letra X para el grupo culto latino [ks], y se propone la J para representar su antiguo sonido velar [x]; 6) se eliminan los grupos consonánticos griegos y latinos reintroducidos en la lengua durante el período clásico. De esta manera, en 1815 queda fijada definitivamente la ortografía del español actual (los pocos cambios que se produjeron posteriormente no fueron especialmente importantes). Durante esta época se introducen gran cantidad de tecnicismos, galicismos y anglicismos en la lengua (mechánica, termómetro, fábrica; pichón, bisutería, chófer, garaje; club, líder, turista).

 

 

Ortografía y pronunciación

 

El español emplea para su representación escrita el alfabeto latino (aunque las letras k y w aparecen sólo en palabras de origen extranjero, como kilo y whisky). Adicionalmente, utiliza una tilde sobre la letra n (ñ) para representar el sonido palatal nasal [ɲ] (como en España) y acentos agudos sobre todas las vocales. El alfabeto español está compuesto por las siguientes 27 letras:

 

Mayúsculas

A

B

C

D

E

F

G

H

I

J

K

L

M

N

Ñ

O

P

Q

R

S

T

U

V

W

X

Y

Z

Minúsculas

a

b

c

d

e

f

g

h

i

j

k

l

m

n

ñ

o

p

q

r

s

t

u

v

w

x

y

z

Pronunciación (véase AFI)*

a

b

k/θ

d

e

f

ɡ/x

-

i

x

k

l

m

n

ɲ

o

p

k

r

s

t

u

b

w

ks

ʤ

θ

* Representa la pronunciación de la letra aislada o la más habitual. Para su pronunciación real en el contexto de la palabra, véase las distintas reglas ortográficas más abajo.

 

A pesar de la altamente satisfactoria correspondencia entre la ortografía y la pronunciación de la lengua, existen dígrafos que representan un único sonido (como ch = [ʧ], gu = [ɡ], ll = [ʎ], qu = [k], rr = [r]) e, inversamente, diversos sonidos que son representados mediante una sola letra. Por ejemplo, c transcribe el sonido interdental [θ] delante de las vocales palatales e, i (como en cenar, hacia) y el velar [k] en el resto de contextos (como en casa, ancla). De forma paralela, g representa el sonido fricativo [x] delante de e, i (como en gente, Gijón) y el oclusivo [ɡ] en el resto de contextos (como en gato, guiso). Las letras b y v transcriben el mismo sonido bilabial [b] (como en el par vaca / baca). Algunos fonemas del español presentan variantes articulatorias dependiendo del contexto fonético, aunque su producción resulta hasta cierto punto espontánea y no afecta al sistema general de la lengua. Así, por ejemplo, /b/ presenta un alófono propiamente oclusivo [b] tras pausa o consonante nasal (como en vino, bomba) y otro fricativo [β] en el resto de contextos (como en curva, cabo). Lo mismo ocurre con /d/ ([d] como en toldo y [ð] como en cada), /g/ ([ɡ] como en ganga y [ɣ] como en alguien), /ʤ/ ([ʤ] como en yate y [ɟ] como en bayo) y los fonemas nasales y laterales. La letra h (como en hacer) es muda en español. Un rasgo característico de la ortografía española consiste en el empleo de marcas de apertura y de cierre en las oraciones interrogativas y exclamativas (como ¿cuántos años tienes? o ¡qué mala suerte!), que incluso pueden combinarse dentro de una unidad tonal apropiada (¡cómo es posible que no te enteraras?).

 

Los siguientes son los sonidos consonantes del español (véase Alfabeto Fonético Internacional):

 

LUGAR DE ARTICULACIÓN

bilabial

labio-dental

inter-dental

dental

alveolar

palatal

velar

MODO DE ARTICULACIÓN

oclusivo

p b

 

 

t d

 

 

ɡ

fricativo

 

f

θ

 

s

 

x

africado

 

 

 

 

 

ʧ   ʤ

 

nasal

m

 

 

 

n

ɲ

 

vibrante múltiple

 

 

 

 

r

 

 

vibrante simple

 

 

 

 

ɾ

 

 

lateral

 

 

 

 

l

ʎ

 

aproximante

w

 

 

 

 

j

 

 

En el español americano, los fonemas fricativos /θ/ y /s/ se han neutralizado en el sonido [s], fenónemo que se conoce como seseo (p.ej., los verbos cazar y casar se pronuncian ambos [ka'sar]), mientras que tanto en el español peninsular como en el americano se produce el fenómeno del yeísmo, que consiste en la pronunciación de la lateral palatal /ʎ/ como [ʤ] o [ɟ] (de esta forma, calló y cayó se pronuncian ambos [ka'ɟo]).

 

El sistema vocálico del español ha reducido las diez vocales originales del latín a tan sólo cinco, que se distribuyen en las posiciones extremas de la cavidad bucal: [a], [e], [i], [o], [u]. Existen trece diptongos, formados por la unión de una vocal abierta y otra cerrada ([ai], [au], [ei], [eu], [oi]) y por la unión de una semivocal con un sonido vocálico ([ja], [je], [jo], [ju], [wa], [we], [wi], [wo]). Además, se pueden formar varias series de triptongos mediante la unión de una semivocal al primer grupo de diptongos anteriores (como en asociáis, buey, Paraguay, etc.). A continuación se ilustra el inventario reducido de vocales del español:

 

FRONTALIDAD

anterior

central

posterior

ALTURA

alto

i

 

u

medio

e

 

o

bajo

 

a

 

 

El acento prosódico tiende a recaer en la penúltima sílaba de las palabras, y sobre este modelo se construyen las reglas de acentuación ortográfica, de forma que éstas —llamadas llanas o paroxítonas— no se acentúan por defecto y sólo lo hacen cuando acaban en una letra que no sea n, s o vocal (como azúcar), mientras que las agudas u oxítonas lo hacen sólo si acaban en n, s o vocal (camión, compás, alhelí) y las esdrújulas o proparoxítonas lo hacen siempre (cántico, quítamelo).

 

 

Morfología

 

La flexión nominal del español moderno posee dos géneros (masculino y femenino) y dos números (singular y plural). Salvo en el paradigma pronominal, las marcas de caso que caracterizaron al latín se han perdido por completo. Algunos adjetivos calificativos presentan una variante apocopada cuando se usan de forma atributiva, precediendo al nombre (ej.: hombre bueno / buen hombre), y en algunos casos esto puede suponer un cambio de significado (ej.: un hombre grande / un gran hombre). Al igual que en lenguas como el francés o el alemán, el pronombre personal de segunda persona presenta una doble forma: / vosotros en situaciones de familiaridad, usted / ustedes (abreviados como Vd. / Vds.) en ámbitos más formales. Característico del español es el uso de la preposición “a” delante de complementos directos que denotan personas (como en he visto a tu hermano en la plaza). Los pronombres numerales (del 1 al 10) son: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez.

 

En cuanto a la flexión verbal, el español ha reducido las cuatro conjugaciones originarias del latín a tres: 1ª en -ar (como cantar), 2ª en -er (como correr), 3ª en -ir (como partir). Su morfología es muy compleja, ya que se emplean desinencias para señalar las categorías gramaticales de tiempo, persona, número y modo. La primera conjugación es con mucho la que más miembros posee, y a ella se asimilan por analogía la mayoría de los neologismos verbales que se introducen en la lengua (como alunizar, escanear, resetear, etc.). Sobre este modelo básico de tres conjugaciones regulares se establecen diversas variaciones paradigmáticas, algunas de ellas de carácter puramente ortográfico (como cazar, coger, dirigir), otras de carácter prosódico (como actuar, confiar) y otras plenamente irregulares (como apretar, poder, servir). Se establece una distinción semántica y estilística entre los dos verbos copulativos principales: ser y estar. A grandes rasgos, el primero denota identidad o estado permanente (ej.: Madrid es la capital de España), mientras que el segundo representa un estado contingente o pasajero (hoy estoy enfermo). Todos los verbos del español (incluso los intransitivos y los que denotan movimiento, y en ello se diferencia del portugués y el francés) se conjugan mediante el auxiliar haber para formar los tiempos compuestos (ej.: he comido, he llegado). En una etapa primitiva de la lengua, haber era un verbo léxico que tenía el significado de ‘tener, poseer’, como se infiere de oraciones del tipo he preparada la cena (en la que “preparada”, que actualmente es el participio del verbo principal dentro de la estructura compuesta, era simplemente un adjetivo e incluso concordaba con el complemento directo “cena”). Ésta es la razón por la que en español antiguo haber sólo se podía usar como auxiliar con verbos transitivos (como el anterior “preparar”), y se reservaba el auxiliar ser en el caso de los intransitivos (como en los soldados son idos a la guerra), de forma similar al francés moderno.

 

 

Sintaxis

 

El orden básico no marcado de la oración declarativa española es, como en la mayoría de lenguas románicas, Sujeto-Verbo-Objeto (ej.: su amigo ha comprado un coche nuevo). A partir de esta disposición sintáctica, es posible llevar a cabo distintas ordenaciones de los constituyentes (ej.: ¿ha comprado su amigo un coche nuevo?, un coche nuevo es lo que su amigo ha comprado, se ha comprado un coche nuevo, ¡cómprate un coche nuevo!). El sujeto no es un componente obligatorio en la oración española, ya que la flexión verbal y el contexto discursivo son capaces de identificarlo unívocamente, y en muchas ocasiones se puede suprimir (ej.: [yo] tengo hambre).

 

 

Texto ilustrativo

 

El universo (que otros llaman la Biblioteca) se compone de un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales, con vastos pozos de ventilación en el medio, cercado por barandas bajísimas. Desde cualquier hexágono se ven los pisos inferiores y superiores: interminablemente. La distribución de las galerías es invariable. Veinte anaqueles, a cinco largos anaqueles por lado, cubren todos los lados menos dos; su altura, que es la de los pisos, excede apenas la de un bibliotecario normal.

La biblioteca de Babel (1941), Jorge Luis Borges



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